A temporal con A de Amor


No era el mejor momento, ella no lo esperaba, no lo quería, era un tipo agrio insípido, fumador empedernido, no tenía el mayor encanto, ni siquiera era un tipo agradable o interesante. Pero se presentó una tarde como una tabla salvavidas, sus conversaciones y sus pasatiempos le dieron en la cara, era un tipo tan interesante con tanta vida, ¡cómo era posible! Los encuentros se hicieron habituales en la mañana, un viaje de veinte minutos en la mañana camino al trabajo, ella disimulaba con maestría que no se había maquillado. El fotógrafo profesional por pasatiempo, cada foto tenía una historia, algunas muy profundas, algunas chistosas, contada por su capacidad de captar toda su atención.
Poco a poco construyeron una relación a ratos, y era eso, los momentos que se lograban escapar por un café o comer algo de paso, las conversaciones fluían, el tiempo faltaba y las conversaciones eran muchas, ¿alguna vez sentiste que naciste en una época equivocada? Le pregunto ella, - Yo sí, estoy convencida de eso, nací unos años tarde en tu vida y esto es un amor atípico un amor atemporal.
Los años no pasan en vano y ellos dejan sabiduría de esa que te hace valorar el tiempo con la gente, las cosas no tiene el mismo valor como los momentos que dejas grabados en la memoria de las personas, eso era ella para él. Como quién domina el arte de seducir, se dedicó a conocerla a estudiarla, cada movimiento y cada mirada, la tenía calculada, hasta el ángulo que hacia su cuello con el mentón cuanto le lanzaba una de esas frases sagaces. Él fue la persona que le enseño quién era ella, la amaba tanto que lo que más le dolía era la indiferencia con la que se trataba, poco a poco fue dibujando una mujer fabulosa, inteligente y audaz, esa última era la cualidad que más le atraía, esa capacidad de nunca quedarse callada, un comentario terriblemente mordaz acompañada de una fugaz mirada y una pequeña sonrisa, que lo dejaban sin argumentos y con todos sus criterios desbancados. Era una mujer increíble y ella no lo sabía.
No le regalaba flores, lo de ella eran los cactus, cada uno con un propósito, pequeños o grandes, de espinas fuertes o espinas débiles como una bruma alrededor.
“Mientras ames mis espinas” todo esto ha de tener algún sentido… 
                                                      …Y los cactus comenzaron a dar flores, y el a sonreír.





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