Mi amigo no vino a rescatarme…


… vino a quedarse mientras yo aprendía a salvarme.

No fue el que decía “todo va a estar bien” todos los días,

pero fue el que se sentó a mi lado cuando todo se sentía mal.

No me dio soluciones, no intentó cambiarme…

solo me acompañó sin prisa, sin condiciones.

Nos conocimos entre risas, planes y charlas sencillas,

pero fue en el silencio, en el cansancio, en los días sin color…

donde descubrí el valor de su presencia.

Nunca me exigió estar bien.

Solo estuvo.

Y en ese “estar” encontré el consuelo que no sabía que necesitaba.

Una vez le dije: “Gracias por quedarte”.

Y me respondió:

“No estoy aquí por lo que das, sino por lo que eres, incluso cuando no puedes más.”

Y eso es la amistad de verdad:

esa que no busca brillar,

pero que nunca deja que te hundas solo.

Hoy sonrío de nuevo…

y sé que fue por mí,

pero también por él.

Porque hay amigos que no te salvan…

pero se aseguran de que no te pierdas.


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